Lord Acton y el poder absoluto
John Emerich Edward Dalberg-Acton, Lord Acton (1834-1902), en una carta a Mandell Creighton, el 5 de abril de 1887, publicada posteriormente en Historical Essays and Studies (1907), dice: «El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.» Probablemente sea la frase más famosa jamás escrita sobre la relación entre poder y corrupción. Acton no afirma que todo poder corrompa inevitablemente, sino algo mucho más sutil: que existe una tendencia inherente al poder a modificar la conducta de quien lo ejerce.
Cuanto mayor es el poder, menores suelen ser los obstáculos externos que obligan al individuo a controlar sus impulsos. La posibilidad de decidir sin rendir cuentas facilita progresivamente la identificación entre voluntad personal e interés general. El gobernante comienza creyendo que representa a la institución y puede terminar creyendo que él mismo es la institución. De ahí que la concentración de poder constituya uno de los mayores factores de riesgo para la corrupción política.
La democracia moderna intenta precisamente neutralizar este peligro mediante separación de poderes, elecciones, prensa libre, tribunales independientes, fiscalización y transparencia. Acton introduce además una idea moral extraordinariamente exigente: los poderosos no merecen indulgencia adicional por ocupar cargos importantes. Al contrario, cuanto mayor sea el poder concedido, mayor debe ser la responsabilidad exigida. La frase conserva plena actualidad porque recuerda que una democracia sana no debe construirse confiando en la virtud de sus gobernantes, sino limitando institucionalmente su capacidad para abusar del poder.
Aung San Suu Kyi y el papel del miedo
Aung San Suu Kyi (1945-), en un ensayo titulado Freedom from Fear, difundido internacionalmente en 1991 y publicado ese año, total o parcialmente, por The Times Literary Supplement, The New York Times, Far Eastern Economic Review y otros medios, señala: «No es el poder lo que corrompe, sino el miedo. El miedo a perder el poder corrompe a quienes lo ejercen, y el miedo al castigo del poder corrompe a quienes están sometidos a él.» Esta reflexión introduce una corrección fascinante a la célebre máxima de Lord Acton.
Para Suu Kyi, la raíz profunda de la corrupción no sería simplemente poseer poder, sino temer perderlo. El gobernante que considera el poder indispensable para su supervivencia personal comienza a justify cualquier procedimiento destinado a conservarlo. Manipula instituciones, compra lealtades, castiga discrepancias, controla información y transforma al adversario político en enemigo. Pero la frase posee una segunda dimensión todavía más inquietante: también puede corromperse quien vive sometido al poder.
El miedo convierte al ciudadano en cómplice mediante silencio, obediencia o colaboración oportunista. Aparece entonces una sociedad donde muchas personas saben que algo está mal, pero nadie desea asumir el coste de denunciarlo. Así se explica por qué los sistemas profundamente corruptos pueden mantenerse durante décadas, aunque una gran parte de la población conozca perfectamente su funcionamiento. La corrupción deja entonces de ser exclusivamente codicia y se convierte en mecanismo de supervivencia. La frase recuerda que combatir la corrupción exige no sólo perseguir al corrupto, sino construir instituciones donde decir la verdad no implique pagar por ello.
Montesquieu y la corrupción de los principios
Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), escribe en De l’esprit des lois (El espíritu de las leyes) (1748): «La corrupción de cada gobierno comienza casi siempre por la corrupción de sus principios.» Montesquieu desplaza la corrupción desde el terreno del delito hacia el terreno mucho más profundo de la legitimidad institucional. Un Estado puede conservar aparentemente sus parlamentos, tribunales, elecciones y leyes y, sin embargo, haber comenzado a corromperse.
La degeneración empieza cuando las instituciones continúan existiendo formalmente pero dejan de cumplir la finalidad para la cual fueron creadas. Un parlamento que sólo obedece a las cúpulas partidistas conserva el nombre de parlamento, pero pierde parte de su función representativa. Un organismo regulador capturado por aquellos a quienes debería regular mantiene sus oficinas, pero ha corrompido su principio. Una justicia sometida al poder político puede conservar jueces, códigos y tribunales mientras pierde progresivamente su independencia.
Esta forma de corrupción es particularmente peligrosa porque puede desarrollarse dentro de una aparente legalidad. No requiere necesariamente sobres, sobornos ni cuentas bancarias clandestinas. Basta con que las instituciones comiencen a servir intereses diferentes de aquellos que justificaron su creación. Montesquieu nos advierte así de que la corrupción política más grave puede comenzar mucho antes de que aparezca el primer delito.
Claude-Frédéric Bastiat y la corrupción legal
Claude-Frédéric Bastiat (1801-1850), en el capítulo «Physiologie de la spoliation», en la obra Sophismes économiques (1848), advierte: «Cuando el saqueo se convierte en un modo de vida para un grupo de hombres en sociedad, con el tiempo crean un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica.» Bastiat identifica una fase superior de la corrupción: aquella en la que el corrupto ya no necesita violar la ley porque consigue modificarla.
La corrupción primitiva roba infringiendo las normas. La corrupción sofisticada cambia las normas para que el beneficio privado adquiera apariencia de legalidad. Este fenómeno explica muchas formas modernas de captura regulatoria, privilegios económicos, monopolios protegidos y legislación diseñada para intereses particulares. Cuando determinados grupos acumulan suficiente influencia, pueden convertir sus privilegios en derechos aparentemente legítimos.
Después aparece una segunda operación todavía más eficaz: construir una justificación moral. El privilegio se presenta como necesidad económica; el favoritismo como política estratégica; la apropiación de recursos como defensa del interés general. De esta manera, la frontera entre corrupción e institucionalización del privilegio comienza a desaparecer. Bastiat comprendió que una sociedad puede llegar incluso a glorificar aquello que inicialmente habría considerado abuso. Su reflexión resulta especialmente pertinente para comprender la denominada «corrupción legal», quizá una de las formas más difíciles de combatir porque formalmente nadie ha infringido ninguna norma.
FUENTE BIBLIOGRÁFICA
Cita bibliográfica - APA v7
Cacabelos, R. (2026, 1 de octubre). Los Genes de la Corrupción. Fons Humanis Sapientia: Consilia Humilitatis, (41), 1–13. https://growthcenter.pe/lo-que-la-historia-apunta-sobre-poder-degradacion-moral-y-perversion-de-las-instituciones/